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ADOLFO VILANOVA RATZKI

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ADOLFO VILANOVA RATZKI

valencia_ciudad · España

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Huir no es escapar pero sólo huyendo se escapa, nos recuerda un dicho del acerbo popular. En este sentido, el místico poeta Fray Luis de León escribía: “Huye, que sólo el que huye escapa”

“La huída”, es una obra realizada con la fuerza de creador desde la serenidad del universo del pintor y ejecutada con la dulcificada furia de su talento.

El color rojo en su fuga alborota al blanco, amarillo, naranja y azul celeste, dando la apariencia que va dejando atrás el vacio de la oscuridad en la estela del color negro, para dotarle de protagonismo a la huída, nacida abstracta en la idea, insinuada en el lienzo y objetivizada en los imprevistos del color, una huída a la imaginación.

En esta obra, Vilanova Ratzki, se deja llevar por los desvaríos de la creación, dejando que su genio de pintor sea espontáneo, donde el gesto totalmente libre de una paleta que modula empastes generosos, con pincelada firme y espontánea, nos deja ver la intención del trazo que va tras la sombra de la línea, apoyándose en el color, dejando que la imaginación imantada se pierda en la huída de la representación.

Esta obra insinúa la articulación de la imagen camino a la interpretación de lo enigmático, alivia lo visual acercando las jerarquías ópticas de la imagen hacia la imaginación, la perspectiva se trasgrede a sí misma, cuando no, se anula en la no representación para dejarlo todo a un plano meramente abstracto que se sustrae de lo visual, atado al enigma de lo imaginativo, complejidad que se adivina en la querencia reveladora que aquieta la idea de marcado perfil significativo en la expresión abstraída de contenido real.

Vilanova Ratzki, despliega con destreza un certero y ligero trazo, sometiendo a la materia que se acentúa con el color.

Su obra deviene en una especie de informalismo abstracto y expresionista.
“Presencia inhabitada”, obra de los años cincuenta del pasado siglo, donde Adolfo Vilanova Ratzki se adentra en los inesperados cauces del óleo apoyándose en lo materico de sus pigmentos para darle fuerza a la expresión, a lo inhabitado.

La mancha aderezada con algunos trazos insinuados, nos revelan personajes que parecen emerger de la oscuridad tan solo con ocres y amarillos, abriéndose paso entre azules que delimitan la idea.

Tres personajes dispares le arrebatan al espacio el protagonismo con la insinuación de ser el eco de tres presencias inhabitadas, la primera parece la sombra de un monje con túnica imbuido en la trashumancia del laberinto de sus pensamientos, la segunda nos deja ver la silueta recortada de unos anteojos que instan ha adivinar lo que representa, la tercera nos muestra la insinuación de la desnudez de unos pechos que esconden su turgencia en la mancha que se adueña del campo representativo.

Esta obra, hurga por un neofigurativismo que se agarra a un expresionismo que se diluye en su fuga inclinándose al abstracto en el alboroto arrobador de los pigmentos, que dejan autonomía al color para que en entera libertad navegue por el cause del trazo para sujetar la idea, atando la expresión a contornos desordenados que sugieren, que no son representación fidedigna, pero que trasmiten algo que el espectador debe descubrir, que cada quien tiene que buscar en la imaginación; manchas que llevan consigo la expresión de un contenido.

El pintor, se deja llevar en el desvarío de su impronta y la mancha se hace presencia viva; la mancha se hace notar y sus caprichos toman formas cuyo sentido perturbador llevan a la imaginación a percibir en lo que son manchas generosas la insinuación de tres personajes que abren el apetito del pensamiento para imaginar.
Presencia de la nada, rojos y amarillos disputándole al vacío el espacio que el color negro hace suyo sirviendo de escenario a la idea.

La insinuación es sólo el pretexto delimitado por atisbos de blanco y celeste en forma de pequeñas larvas, para que el pensamiento busque en lo inexistente una presencia, en un escenario ataviado de un fuerte cromatismo bicolor encausado con espontaneidad.

Vilanova Ratzki, con trazo potente deja que el óleo discurra en libertad, ondulando como si fueran serpenteantes cauces, para que la nada tome vida, sea presencia, dejándonos ver en un empaste generoso, una huella reveladora del impulso creador.

Trazo seguro, que somete al impulso y al color en su desvarío, que en espontáneo parto liberador hace emerger de la nada una presencia, para que el imaginario entre en clara actitud perturbadora en su búsqueda.

Vilanova, busca en la insinuación del abstracto la fuerza de un contenido carente de intención figurativa, deja correr el pincel con soltura sin pretensión, con la espontaneidad de armonizar el trazo sometido por el impulso, con libertad en el pensamiento para atizar unos colores que vuelan sin ataduras, aproximándose a una abstracción lírica que se expresa en la presencia de la nada, donde el color desposeído de mimesis, se ciñe sólo al impulso de comunicación y a la magia de la sugerencia de lo abstracto.

La manifestación pictórica en esta obra, se desarrolla en una corriente de expresionismo abstracto, que ligeramente insinúa, donde el trazo surge espontáneamente tras el impulso rumbo al hallazgo creativo, un lenguaje estético como soporte de la idea, donde el pintor, imprimiendo su personal carácter en lo indeterminado, encuentra en el rasgo de la nada la presencia sublime del todo, para que el arte se libere de contenido, sea expresión pura si cabe.

La presencia y la nada, una paradójica unión que Vilanova hace coexistir en el lienzo, para que la expresión del reclamo de lo que no existe se manifieste.



"La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo de las ruinas", Vicente Blasco Ibañez, en "Noche Serbia".

“La danza de los espíritus”, es un homenaje a García Lorca, una obra tremenda de contenido, sublime en la representación del episodio, el fusilamiento del poeta. “La materia toma vida en el óleo para dejar que fluya el imaginario, dejándonos el blanco color de los espíritus en su danza,…donde se puede adivinar la escena si se mira con detenimiento, donde el rojo es un reguero salpicado que se pierde a lo lejos en la oscuridad”, dejándonos ver  el fogonazo amarillo del disparo que aún huele a polvora.
 
En esta obra, la forma se muestra como el eco de una presencia del episodio, donde la imagen se debe en primer lugar a la mancha que sugiere definiendo sutilmente las figuras que no son rígidas, sino evocadoras del objeto de la idea en la materia, pigmentos en tonalidades, blanco, verde, amarillo, rojo y negro, que nos dejan ver como resultado imágenes testimoniales a punto de desvanecerse en la insinuación, donde la mancha le gana el pulso a la forma que atada huye de la mimesis.

La obra es un deseo por determinar la idea a partir de una configuración que se aproxima a la abstracción insinuada, existiendo un ligero atisbo de su evidencia en la topografía determinada en el lienzo, solapada por el devenir cromático del contraste de colores, dotado de matices tonales exquisitos que le otorgan expresividad a un hecho cruento que no se olvida, recreación que gravita alrededor de la escena, una demostración eficaz de lo que se representa a partir de lo que sugiere el episodio, la ejecución del poeta.

El dibujo de Adolfo Vilanova Ratzki, sirve de guía a sus sutiles y certeras distorsiones cromáticas para lograr una equilibrada composición, donde el óleo es una herramienta eficaz en la concreción artística del tamíz que codifica la lectura de lo real y activa la necesidad de una contemplación detenida en un baile de insinuaciones, “la danza de los espíritus”, que solivianta su danza al disparo, atestiguando el desenlace, mientras al centro, el poeta cae abatido.

En esta obra, el pintor no ha perdido la precisión de la línea, sino mas bien, que en la soltura de su trazo logra una eficaz retención del episodio, donde el aspecto inacabado de los elementos desdibujando la escena para retener la idea, nos muestra un lenguaje personal cuya lectura en el conjunto de la composición nos deja ver un testimonial homenaje al poeta granadino.

Vilanova Ratzki, nos deja una obra en la frontera lábil que separa la abstracción de la figuración, para que nuestra imaginación complete el contenido expresivo.
Adolfo,me gusta tu trabajo, lo soclores tiene fuerza,y un trazo seguro y expresivo. lo mismo que la composicion.Quizas te lo hayan dicho, me recuerdas un poco a Wassily Kandinsky,y al movimiento fauvista,que por cierto es de mi agrado.
Exitos!
A.rodrigo
A Lorca:

Una paloma blanca con cuello azul metalizado
Revolotea por la Alambra, buenos días cielo.
Federico, las fuentes de Granada lloran lágrimas de princesa destronada y por el Sacromonte los gitanos bailan entre calderos de bronce y plata, hazaña que solo ellos saben sacar de su alma.
Los pétalos caen de una buganvilla en la ventana, la bulla a lo lejos se confunde con la alborada
Prodigio de la naturaleza
Puya acerada
Después del crepúsculo
La mortífera metralla.
Llenó el horizonte de dolor y olvido
Quejidos del alma.
El silencio lapidado la palabra
El creador y la escritura
Fundirse como injerto en el árbol, por la mañana.

Enhorabuena,por recordarnos tanto olvido,saludos.
Pienso que Federíco García Lorca uno de los mejores poetas del siglo pasado no solo merece éste homenaje tan significativo y que narra la poesía por sí solo. Pienso que es cuestión de haber leído a tan prestigioso poeta para poder entender esta hermosa obra, de un contraste esquisito.
La materia toma vida en el óleo para dejar que fluya el imaginario, dejandonos el blanco color de los espirirus en su danza. "La danza de los espiritus", una obra de la serie dedicada a "Lorca", donded se puede adivinar la escena si se mira con detenimiento, donde el rojo es un reguero salpicado que se pierde a lo lejos en la oscuridad.
“Lorca, ejecución del poeta”, una bella semblanza, una obra valiente, un homenaje al autor de “Poeta en Nueva York”(1930).

Bajo la evidencia de la realidad existe siempre la certeza de un significado latente.

En primer plano, sobre un tapiz de color verde hoja, un personaje con camisa blanca cae abatido de rodillas con las manos levantadas y enfrente la silueta de su verdugo, de pie, con polainas ocres y ataviado todo de blanco, como un fantasma justiciero. Al fondo, la expresividad de un firmamento mitad rojo mitad negro, rojo como la sangre derramada y negro que captura la oscuridad eclipsada por el fusilamiento del poeta; sobre el fondo pequeñas siluetas de seres fantasmagóricos revoleteando como almas en espantada, testigos de excepción de la escena.

En esta obra de Adolfo Vilanova, queda latente la influencia de su época de Nueva York, nos presenta un episodio cruento, en una recreación fantasmal atisbada por pequeños seres expresivos, entes representativos en el lienzo de un universo que hace presencia en el espacio, ignatas constelaciones de un firmamento escénico, vago mundo de pequeños seres en un microcosmos de fantasmas que expresan un mensaje capturado bajo el prodigio del pincel del pintor; talento que busca el equilibrio cromático con el impulso representativo, para transmitir el mensaje estético.

Una obra con una iconografía muy personal, donde el color es el que define las áreas de materia que sugieren las formas que toman vida en el espacio, siluetas tan expresivas como eficaces en la representación, que dejan al descubierto en el lienzo el desenlace de la escena. En este sentido, la pincelada parece reconstruir una realidad autónoma y dependiente al mismo tiempo, por un lado cada mancha de color permite seguir la huella del artista y la intención del trazo y por otro lado, esa misma pincelada sólo adquiere pleno sentido al delimitar el esbozo que coquetea con lo abstracto para determinar la composición.

En Vilanova, el espíritu de las formas se manifiesta a través de las vibraciones con las que él las representa, al margen de su reproducción mimética; vibraciones de su mundo interno que justifican sentir la necesidad de llenar de vida un lienzo en blanco, para que el impulso no quede solo, sino, que la necesidad de materia haga que su pincel recurra al óleo para reflejar en los planos la idea como gesto intuitivo.

Vilanova Ratzki, que anduvo por Nueva York en los años cincuenta del pasado siglo, quizá siguiendo los pasos de García Lorca, quiso hacerle un homenaje, unos versos con su pincel, recreó su fusilamiento eliminando de su mirada la retención de lo dramático, con sutileza, sin borrar el tinte trágico, sin deformarlo al hacerlo expresivo en su plasmación lindando la abstracción.



En esta obra se observa claramente la influencia del grupo expresionista abstracto Action painting, especialmente se puede ver detalles técnicos del "drippind" o goteo que Jackson Pollock abanderó en Nueva York en los años cincuenta, y tras cuyas huellas fue Vilanova Ratzki, haciendo varios viajes a Nueva York a partir de 1954.Este español, Valenciano, a diferencia de Esteban Vicente, murió sin que recibiera reconocimiento a su espiritu artístico innovador y el de ser un aventajado de su tiempo.
De puntillas pasó Vilanova Ratzki por Nueva York en los años cincuenta, y trajo a España lo novedoso del expresionismo abstracto que él pudo ver, se empecinó en hacerlo suyo, inició su cruzada particular en solitario, y le incorporó materiales, como en esta exceelente obra, donde se puede ver la granulación que forma el cemento y la arena, que en complicidad con el óleo, conforman una amalgama de color matérico, una sinfonía.

El expresionismo abstrácto de este español hijo de alemana de descendencia polaca, es evidente en esta obra.
En esta obra de los años cincuenta del siglo pasado, se puede apreciar nitidamente las huellas de la arpillera,adelantandose a su tiempo, pero sobre todo se puede apreciar claramente la ulilización de materiales, cemento, arena, yeso, etc, sobre lo cual aplicaba el óleo en su trance creativo.Composición que sigue las huellas del expresionismo abstracto que tuvo auge en Nueva York, a donde viajaría expresamente en 1954 para nutrirse de la evolución de Pollok, de Kooning, Rothko, y otros precursores de ese movimiento.