Obra: RESURRECCIÓN de Yarime Lobo Baute
13 de Enero del 2026 a las 20:16:19 0 Leído (3)
Resurrección
(acrílico y vinilo sobre lienzo, dimensiones aproximadas 25 × 35 cm, 2025
Desde mi propio taller, con las manos aún manchadas de amarillo cadmio y turquesa, miro esta pieza y siento que no la pinté yo sola: la pinté con el aliento de muchas mujeres que, como yo, hemos tenido que renacer varias veces. “Resurrección” no es un título grandilocuente; es un testimonio. Es el momento exacto en que el cuerpo, después de haber sido doblado por el peso del mundo, decide desplegarse de nuevo hacia la luz.
En el centro domina una figura femenina en posición de elevación y entrega: piernas abiertas en un equilibrio precario pero firme, como si estuviera danzando sobre el filo de su propia transformación. El torso se abre en pétalos de plátano maduro —amarillos intensos, casi luminosos— que brotan como alas o como vulva cósmica, recordándome las enseñanzas de las parteras de la Sierra Nevada: la vida nace del centro, de lo profundo, de lo que parece roto. Esas hojas verdes y azules que envuelven los brazos son venas de vida que se extienden, se curvan, se multiplican en ojos azules (los ojos de la intuición, los que ven más allá de lo visible).
El fondo es un mandala vivo: arcos concéntricos en magenta, violeta y rosa fucsia que irradian desde un sol naciente en el chakra coronario —ese círculo dorado con borde blanco que corona la cabeza como una corona de fuego suave. No es un sol cualquiera; es el sol de Valledupar al mediodía, el que quema pero también bendice, el que anuncia que después de la sequía viene la creciente. El piso es un damero rojo-naranja y negro, un tablero de ajedrez donde la jugadora ya no es peón: ha ascendido, ha roto las reglas del juego patriarcal y ahora baila sobre él.
Los colores no piden permiso: son vibrantes, saturados, casi gritones. El amarillo del renacimiento contra el morado de la transmutación, el azul turquesa de la sanación emocional, el verde espiral del corazón que late en el ombligo de la figura —un remolino de vida que dice “aquí estoy, intacta, renovada”. Hay algo chamánico en esta paleta: es la medicina del color que usan las comunidades indígenas para invocar protección y fuerza.
Simbólicamente, todo apunta a la resurrección del femenino sagrado: la mariposa-humana que emerge del capullo del dolor, la diosa que se para sobre el caos (el damero) y lo transforma en danza. Los ojos-óvalos repetidos en las alas son testigos: “te vimos sufrir, te vimos caer, y ahora te vemos volar”. El tallo azul que ata los pies —como una cinta de ballet o como un cordón umbilical cortado— habla de liberación: ya no estoy atada a la tierra que me lastimó; ahora la piso con gracia y poder.
Como arquitecta que soy, veo en esta composición una estructura perfecta: base estable (el círculo rojo), eje vertical ascendente (la figura), coronación luminosa (el sol). Es un edificio del alma: cimientos en la resiliencia, vigas en la creatividad, techo abierto al infinito.
Esta obra nació en un momento personal muy oscuro —uno de esos en que las “alas” de Choachí se sentían pesadas y las “raíces” de Valledupar parecían arrancadas. Pintarla fue mi propio acto de resurrección: capa tras capa, color tras color, hasta que el lienzo dejó de ser un grito y se convirtió en un canto. Hoy la comparto porque sé que no soy la única que ha tenido que morir para volver a nacer.
Si estás leyendo esto y sientes que tu propio mandala se ha oscurecido, recuerda: la resurrección no es un milagro lejano. Es un trazo valiente, un color que decides poner donde antes había vacío. Empieza por un amarillo pequeño. Luego otro. Y otro. Hasta que el sol vuelva a salir dentro de ti.
Con gratitud y fuego en las manos,
Yarime Lobo Baute